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Queridos lectores y lectoras,
Esta es una edición algo extraordinaria de nuestra newsletter semanal. El lunes, Planeta Futuro trajo a España a Bill Gates, uno de los hombres que más ha contribuido a moldear el mundo tal y como lo conocemos. Primero, gracias a la evolución del ordenador personal y desde hace 25 años con la Fundación Gates; un gigante en el campo de desarrollo y la Salud Global, cuyo presupuesto supera al de la cooperación de muchos países, incluida España, y que también apoya nuestra sección en el diario.
El pasado mayo, Gates tomó una decisión capaz de dar la vuelta a la ecuación de la salud en el mundo: donará 200.000 millones de dólares a través de su fundación en los próximos 20 años y después echará el cierre. ¡200.000 millones! La mera concentración de esa riqueza y el poder de su fundación para ofrecer soluciones científicas y tecnológicas a las urgentes necesidades del planeta plantea no pocas preguntas. ¿Pueden y deben las organizaciones filantrópicas suplantar a las políticas públicas de unos Estados en crisis y cada vez más reacios a cooperar más allá de sus fronteras? ¿Pueden las innovaciones tecnológicas por sí solas superar los obstáculos políticos y económicos que estrangulan el desarrollo del Sur Global?
Creo que son preguntas relevantes y que no debemos dejar de hacernos, pero, mientras tanto, el mundo arde. La deuda y los conflictos asfixian a África, la emergencia climática azota con especial dureza a su población y su salud no puede esperar. Todo esto, en un contexto de recortes históricos de fondos destinados a la cooperación por parte de los grandes donantes europeos y del desmantelamiento de USAID, el mayor donante del mundo. El resultado, como explica por ejemplo el último informe anual de la Fundación Gates, es que la mortalidad infantil ha subido en 2025 por primera vez en 25 años. Y después de dos décadas de avances prodigiosos.
Todos estos datos circulan y se conectan a disparatada velocidad por la mente de Bill Gates. Por eso, sentarse a conversar con él es un desafío fascinante. El lunes por la tarde tuve la ocasión de hacerlo en el auditorio del Museo del Prado durante la inauguración de la conmemoración del nacimiento de EL PAIS, hace ahora 50 años. Gates hizo parada en España camino de Davos, donde hoy mismo ha anunciado una alianza con OpenAI para destinar 50 millones de dólares al uso de la inteligencia artificial en la salud en países africanos.
La innovación, sobre todo de la mano de la IA, es una de las obsesiones del filántropo. Observa el futuro con optimismo y cree, por ejemplo, que el salto tecnológico va a contribuir enormemente a reducir la malnutrición, la malaria o la tuberculosis. Piensa además que el cambio va a ser radical, porque la gente va a tener inteligencia gratis. Accederá a médicos, a tutores, y, por ejemplo, un agricultor africano podrá tener la misma o mejor información que uno en Estados Unidos.
Pero es evidente que también hace falta un contexto político favorable y, por eso, Gates recordó a los países donantes que, en realidad, lo que destinan a cooperación internacional es un porcentaje muy pequeño de sus presupuestos nacionales, por muy estrechos que sean en tiempos de crisis y populismos vociferantes. Los ideólogos caprichosos a los que hace caso Trump de manera intermitente, tuvieron también su minuto de gloria, cuando Gates explicó cómo DOGE, el departamento que dirigió Elon Musk en los primeros meses de Trump segunda parte, confundió la provincia de Gaza en Mozambique con el territorio palestino. Como resultado, el hospital mozambiqueño al que iba destinada una partida de medicinas se quedó sin antirretrovirales para embarazadas.
Gates también se animó a hablar de su niñez, de cómo él era un chico atípico, empollón e hiperconcentrado. Pero solo prestaba atención a lo que le interesaba. Para frustración de sus padres, ordenar la habitación no era uno de sus intereses —esto no se lo contaré a mi hijo—. Gates quiere creer que el mundo es hoy más abierto y que aspira a que cada uno haga lo que le guste y de paso contribuya al bien común. Ojalá.
No os cuento más. Os invito a que veáis la charla íntegra que esta semana EL PAÍS colgará en su web. Merece la pena. Os recomiendo, además, otros temas que hemos publicado en los últimos días en Planeta.
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