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Hola,
Esta semana hemos querido volver a hablar de las mujeres afganas, porque acaba de empezar un nuevo año escolar y 2,2 millones de adolescentes no han podido volver a las aulas. Justamente frente a estos portones cerrados de las escuelas se han estado manifestando un grupo de jóvenes. Se dice y se escribe rápido “se han estado manifestando”, pero no podemos imaginar la valentía que exige esa protesta de escasos segundos: el tiempo de juntarse, posar con un libro de texto, tomarse una foto entre ellas o hacer un vídeo corto sin que se les vea el rostro y echar a correr para no ser detenidas. Algunas me contaban que se refugian en cualquier lugar, se cambian de ropa y vuelven a salir para que, si alguien las ha visto frente a la escuela, no las reconozca. En muchos casos, ni siquiera sus padres saben que están organizando estos pequeños actos de rebeldía que les dan la vida y salud mental. Y cuando aparecen las fotos de la protesta en la prensa local, tiemblan de miedo ante la posibilidad de que alguien las identifique.
Las protagonistas del reportaje tienen unos 18 años y forman parte de un colectivo cultural de mujeres, en el que han decidido que no pueden seguir calladas. Los talibanes volvieron al poder hace casi cinco años y desde entonces, la asfixia ha sido progresiva e implacable y no ha pasado nada. No hay presión internacional sobre las autoridades de facto en el país ni nadie se rasga las vestiduras ante la opresión y persecución que sufre la mitad de la población solo por el simple hecho de ser mujeres. Una de las entrevistadas nos decía que sueña con sentir el viento en el rostro. La imagen es conmovedora y habla por sí sola del sufrimiento de las afganas, ahogadas bajo los burqa y tras las paredes de las casas.
He tenido la suerte de poder contar esta historia junto a una periodista afgana, Soodabeh Elham, que vive en Herat. Nos parece muy importante escribir desde donde ocurren las cosas, sobre todo en lugares tan complicados de acceso como Afganistán, donde hacer periodismo, sobre todo si se es mujer, es inmensamente difícil.
Esto me lleva a hablaros también de Jartum, la capital de Sudán devastada por la guerra, a la que los ciudadanos comienzan a regresar tras tres años de conflicto. Nuestro colaborador Diego Menjíbar ha podido llegar hasta la ciudad y ha escrito un valioso reportaje con los testimonios de personas traumatizadas por la violencia y por el desplazamiento, que vuelven a casa y solo encuentran ruinas.
Esta semana también quería recomendaros el reportaje de Patricia R. Blanco sobre una consecuencia poco conocida del conflicto en Irán. El bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que pasa un 30% del comercio de fertilizantes del mundo, está reduciendo la oferta de estos productos en muchos países, en plena época de siembra. El Programa de la ONU para el Desarrollo (PNUD) estima que esta circunstancia puede provocar una gravísima crisis alimentaria y hundir en la pobreza a 30 millones de personas.
Y, por último, no dejéis de dar una ojeada a las fotografías de Fabio Lovati en los cementerios de Manila, al reportaje sobre cómo la solidaridad española es una nota disonante en tiempos de recortes mundiales, a nuestro tiktok sobre las mordeduras de serpiente y a la entrevista de la fotógrafa venezolana Marian Carrasquero, que tiene una exposición en Madrid actualmente.
Nos encontramos por aquí el miércoles que viene. ¡Feliz semana!
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