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Queridos lectores, queridas lectoras:
Nada más global que un mundial de fútbol. Pero tampoco nada más geopolítico: la pizarra donde los técnicos trazan tácticas para desarrollar jugadas puede verse también como un mapamundi de relaciones e intereses cruzados, de filias y de fobias. La cancha como escenario perfecto para protagonistas consabidos (Donald Trump, colándose en la foto de familia de La Roja), pero también para los pequeños, como la creciente pujanza del Sur Global: la buena racha de Marruecos, o que Egipto se lo hiciera pasar mal a Argentina, dice mucho de otras reglas del juego. Es revelador, por ejemplo, que la población de Gaza y Cisjordania celebrara con entusiasmo a la selección española, mientras Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí, apoyaba públicamente el sucio y bronco juego de la albiceleste al mostrar su solidaridad con Javier Milei.
Aunque para geopolítico, qué decir del mismo escenario de la competición, repartido entre Estados Unidos, México y Canadá. Pasar revista al palco de la final, con Trump, Claudia Sheinbaum y Mark Carney en supuesto amor y compañía, sin recordar las andanadas que el republicano ha dedicado a sus vecinos, resultaba difícil. Nuestro corresponsal en Washington Jesús-Sérvulo González no perdió detalle de cuanto se cocía en ese palco y en la final, que define como "el partido de su vida".
Allí, “con la camiseta de la suerte en la mochila, la que me compré en Madrid cuando me destinaron a Estados Unidos, la que me enfundé en todos los partidos del Mundial. Cuando llegaban las ocasiones [de gol] metía la mano dentro de la bolsa para tocarla, como si fuera un sortilegio”, nos cuenta por WhatsApp.
“Pasaban los minutos y tenía un ojo en el césped y otro en el palco. Un palco acristalado, como una jaula de tiburones. Un palco en el que el fútbol por momentos se volvió ajeno. Diría que Donald Trump es como un barman que mezcla como nadie negocios y política. ‘Agitado, no removido’, en contra del gusto de James Bond”.
“Con su controvertido historial, era imposible que Trump no salpicara el mayor espectáculo del mundo con la política. Se ha apropiado del Mundial, pese a que EE UU lo organizaba con México y Canadá; ha trasladado al campeonato la tensión por la guerra en Irán, retrasando hasta última hora el visado para el combinado iraní al tiempo que bombardeaba Teherán".
"Y ha metido sus manos en las reglas de la FIFA al pedir a [Gianni] Infantino que revisara una tarjeta roja a Folarin Balogun, el delantero centro de la selección estadounidense antes del decisivo partido de octavos de final contra Bélgica. Su amigo, claro, le hizo caso y suspendió la sanción en una decisión escandalosa que ha abierto una crisis de reputación en el fútbol mundial por la injerencia estadounidense”.
Todavía emocionado por esa final agónica y a la postre maravillosa, Jesús recuerda también un encuentro muy escrutado. “Lo que nunca esperaba Trump era tener que presenciar la final junto a Pedro Sánchez, el presidente español, a quien ha vilipendiado y ha insultado por no aumentar el gasto en defensa (…) Y a Mark Carney, a quien le amargó la tarde con la amenaza de aranceles".
Nuestro corresponsal concluye: "A mí estuvo a punto de darme un patatús contando todo esto. Casi me pierdo el gol de Ferrán porque estaba actualizando mi crónica del palco con los reproches de Trump a Carney. Menos mal que en mi cabeza El Tiburón remató como a cámara lenta. Su zurdazo aún me despierta por las noches mientras se me escapa una leve sonrisa. Es la alegría por el partido de mi vida”.
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